No es energía, es ciudad.

El 21 de noviembre escribimos un artículo en este periódico en el que establecimos nuestro punto de vista sobre el problema de la instalación de la planta de biodiésel en el puerto de Alicante. Desde entonces se han sucedido una serie de declaraciones y artículos de prensa que parecen querer desenfocar la esencia del tema y acercarlo hacia los intereses de una de las partes. Sin duda, se trata de argumentos intencionados que no hacen más que mostrar el desprecio que se tiene a la ciudadanía y a la ciudad, entendida como entidad física construida en la que sus habitantes se relacionan entre sí y con el medio físico en el que viven.

El primer argumento esgrimido, acerca de que los ciudadanos están mal informados no es válido. Los riesgos globales, internos y externos, que una planta de este tipo tiene serán los que sean, en cualquier caso son más que si no está. Pero, desde nuestro punto de vista, los ciudadanos no protestan en una gran mayoría por los riesgos sino por el uso industrial y los volúmenes construidos que se van a colocar, ya no en primera línea de costa, sino en unos terrenos ganados al mar. Ese es el verdadero motivo de nuestra protesta, qué es lo que se va a construir en el puerto y con qué volumetrías. Consideraríamos igual de desacertado que con el mismo volumen edificado se construyesen viviendas, hospitales u hoteles. Por tanto, creemos que los ciudadanos se oponen a lo que se quiere hacer y necesitan saber cuál va a ser la línea de actuación presente y futura en el puerto de su ciudad. Nadie en su sano juicio se opondría a que la planta de biodiésel se instalase en el término municipal pero, eso sí, en una ubicación adecuada.

El segundo argumento es el que proclaman algunos de los promotores de la iniciativa industrial alegrándose de las intenciones de remitir el caso a instancias europeas, al saber que una de las prioridades de Europa es potenciar las energías renovables, de lo que se deduce que apoyarán el proyecto. De nuevo el argumento es malicioso. Cualquiera de nosotros es partidario de las energías renovables y apuesta por el fomento y el desarrollo de otras energías que permitan desligarnos del monopolio del petróleo, combustible que tendrá un límite finito y un precio infinito. Eso nadie lo duda y nadie lo pone en cuestión pero, en esa misma línea: ¿por qué no proponemos que la instalación se levante en el Castillo de Santa Bárbara Nadie lo entendería, como pocos entienden que se pretenda hacer en el frente marítimo de la ciudad, su escaparate, el único espacio cuya morfología tiene escala territorial. Mucha gente separa los residuos en sus viviendas para reciclar pero nadie coloca los recipientes en el salón, ni el lavavajillas, ni la lavadora, porque si bien éstos no huelen ni contaminan, sí ocuparían el lugar más privilegiado y público de la casa.

En ese sentido, las actuaciones realizadas en el siglo XIX en el frente marítimo de nuestra ciudad, como el Paseo de
la Explanada o la definición de las nuevas alineaciones de la edificación que lo configuran tenían, entre otros objetivos, mejorar las relaciones entre la ciudad y el mar, creando un espacio público intermedio desde el que la ciudad miraba al mar y que los viajeros contemplaban al llegar a Alicante. Sin embargo, las actuaciones que en los últimos años se han planteado, y en algunos casos ejecutado, rompen esa relación histórica entre la ciudad y el puerto, basta recordar la ZAL, la masiva ocupación de la dársena o la propuesta de la planta de biodiésel. En urbanismo existe el concepto de fuera de ordenación aplicado, en general, a cualquier edificación construida que esté fuera de las directrices del Plan, pero ese concepto no siempre coincide con la lógica de que cada objeto debe tener un lugar adecuado y, si no es así, fomenta el desorden. En un caso nos apoyamos en la legalidad y en el otro en la racionalidad, lo que las autoridades competentes deben intentar es que ambas coincidan.

Por último, el domingo 3 de diciembre en este mismo periódico se publicó una noticia que hacia referencia a la preocupación del presidente de la Generalitat por el paisaje y, en concreto, por la percepción que se tiene de las ciudades y el territorio desde las infraestructuras viarias, hasta el punto de haber encargado a la empresa concesionaria de la AP-7 un estudio visual de la autopista para identificar todos los impactos y explorar la posibilidad de eliminarlos o reducirlos en su caso. Una iniciativa estupenda y tardía del señor Camps que intenta poner remedios y remiendos a los daños causados desde hace muchos años. Como la ciudad se parece mucho a un organismo humano, también tiene validez, en este caso, el dicho de que más vale prevenir que curar. Del mismo modo, el señor Alperi debería plantearse el deber y la obligación de prevenir a nuestra ciudad de esos impactos visuales negativos que tanto preocupan al presidente. La concesión de la licencia municipal de obras abrirá la puerta a uno de esos desmanes. Nuestro alcalde puede pasar a la historia como aquél que defendió la fachada marítima de la ciudad, una de sus tarjetas postales más queridas por sus ciudadanos y más demandadas por el sector turístico, o el gobernante que autorizó y legitimó un golpe más hacia su destrucción; repitiéndose la historia de que a los daños causados necesariamente otros tendrán que poner remedio.

Confundir el paisaje con la estética, tener una visión reduccionista en la que el frente marítimo se mide sólo por sus rentas de situación, donde los únicos perjudicados son los residentes de primera línea, es ser muy corto de vista, tanto como para pensar que tu ciudad es la calle en la que vives. ¿Alguien ha pensado qué sentido tendría la ciudad de Alicante si se alejara del mar o si su horizonte se limitara a un campo de secano, un polígono industrial o una urbanización de adosados Infravalorar la posición que va a ocupar la planta industrial en la ciudad deslegitima todo el debate que sobre este tema se pueda establecer. Conviene, por tanto, desbrozar los argumentos que las partes están utilizando para poder llegar a la esencia del problema que, desde nuestro punto de vista, está dentro de la esfera de la ciudad y el urbanismo y no de las energías renovables, ni del crecimiento industrial, ni de otras historias.

Francisco J. Martínez Pérez, Carmen Blasco Sánchez y Matilde Alonso Salvador. Los tres son arquitectos y profesores en la Universidad Politécnica de Valencia.

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